domingo, 9 de febrero de 2014



Materialismo y positivismo, su influencia en la visión del mundo

  

 


 Entre los siglos XVIII y XIX surgieron en el albor de las corrientes de pensamiento diversas escuelas cuya razón fundamental consistía en proyectar al hombre como lugar central de la reflexión. Muchas han sido las formas de expresar esta idea pero dos de ellas de manera análoga intentan abordar la situación; dos corrientes cuya influencia en el devenir de la sociedad ha llegado hasta nuestros días y pueden ser palpables en su influencia dentro de la historia de la sociedad tal y como la conocemos hoy. Hablo del Positivismo y del Materialismo. A continuación expondré un análisis detallado de cada una de estas escuelas e intentaré trazar líneas de convergencia y divergencia para encontrar así el punto lógico de comparación entre ambas posturas.
Lo primero que debemos dejar en claro es que ambas escuelas son el fruto, el resultado de una filosofía anterior y que sirve de base a sus teorías y planteamientos por lo que la antigüedad de ambas es un pilar común del que se puede inferir cronológicamente hablando dichas influencias.
Por un lado tenemos el “materialismo” que remonta sus raíces incluso desde la “Antigua Grecia” desde donde se pueden extraer como padres y preparadores del materialismo a Leucipo de Mileto y a su pupilo Demócrito, quienes en el siglo V dieron origen a lo que se conoce como la teoría del atomismo según la cual la realidad está formada tanto por partículas infinitas, indivisibles, de formas variadas y siempre en movimiento- los átomos-, como por el vacío. De aquí que se establezca una relación con el materialismo luego surgido en el siglo XIX puesto que postulaban que el alma es producto de la formación de átomos esféricos, negando la posibilidad de un génesis pragmático de tipo espiritual. Así para estos predecesores del materialismo no existe lo trascendente y se reduce el hombre y el cosmos conocido a la reacción de ciertos componentes preexistentes en el universo.
De aquí se desprende una máxima del materialismo, puesto que postula           que todo aquello que existe no está determinado ni preestablecido por una especie de suerte superior e infinita sino que más bien está determinado en su ser sólo por algo material y en su comportamiento por la causalidad eficiente. La materia es entonces entendida como sustancia originaria, único fundamento existencial del mundo y si hay que buscarle algún origen éste debe enmarcarse en ella misma, es decir en la materia.
Uno de los más emblemáticos representantes del materialismo tal y como lo conocemos hoy es el alemán Carlos Marx, nacido en 1818, de familia judía y de excelente formación académica logrando doctorarse en Berlín. A partir de allí, y ya habiéndose convertido al protestantismo, entra en contacto con la escuela hegeliana. En 1843 entra en contacto con el que será otro ilustre representante de esta escuela: Federico Engels. Entre los dos dieron origen a lo que luego se denominó comunismo y cuyo fundamento reza que la sociedad debe ser una sociedad de iguales, donde el Capital y el Poder le corresponden al proletariado.
Publican su máxima obra, “EL Capital” en 1867, luego otra parte de ella en 1885 y finalmente una tercera parte post mortem de ambos autores.
Sus basamentos radican en lo siguiente: usando como fundamento de sus teorías la idea del método dialéctico hegeliano, aplicado claro está a la materia y no al espíritu, el materialismo ateo de Feuerbach y los aportes en cuanto a la economía de Saint Simon y de Prudhon.
Para Marx la historia avanza en su devenir conforme al método dialéctico de tesis Antítesis y de Síntesis y esto se expresa a través de la lucha de clases hasta llegar a establecer el Poder de los excluidos de una vez por todas en lo que se denominaría el de la historia viene dado por causas materiales y económicas, afirmando que la estructura social y la vida colectiva son determinadas por la estructura y la vida económica de la sociedad.
Dentro del campo del materialismo podemos definir al menos cuatro clases: materialismo dialéctico, histórico, filosófico y científico. Este último no se limita a una perspectiva metodológica presupuesta por la investigación científica "sino que busca la relación entre el entendimiento y el cuerpo, es decir, una relación entre cualquier fenómeno mental y un proceso físico". Esto implica que el materialismo científico tiene una noción positivista de la uniforme competencia de la ciencia en el campo del conocimiento. El materialismo científico no mira otros campos, es decir, los valores morales que están en el hombre.
Aquí lógicamente conseguimos una ilación para dar paso a la segunda escuela que analizaremos en este informe y la cuál guarda antagonismos claros respecto al materialismo aunque parten de una idea común: el conocimiento viene dado por la experiencia y no se puede reconocer nada desde el punto de vista a priori; en otras palabras, ambas escuelas eluden sus planteamientos sin el “auxilio de lo divino”, sino que centran su mirada en el material o, en palabras del positivismo, en el Hombre y en la concepción historicista del desarrollo de la ciencia y de la razón, superando todo explicación teofánica que es más bien considerada desde el punto de vista mitológico.
El Positivismo podemos definirlo como un Sistema Filosófico empírico, es decir, basado en la experiencia y el acercamiento a los fenómenos naturales en el que lo espiritual no corresponde sino a fuente de conocimientos imperfectos e inadecuados.
Aunque el término es propio de su principal exponente, Augusto Comte (1798-1857) sus principales enunciados tienen sus raíces en las ideas filosóficas planteadas por David Hume, Saint Simon y Enmanuel Kant. De hecho, un acercamiento a la crítica a la razón pura y a la razón práctica de Kant nos encontramos con los destellos del planteamiento del en sí y del para sí de la filosofía positivista. Otro filósofo que enmarca este planteamiento al menos en una de sus afirmaciones más célebres es Renne Descartes quien marcó un nuevo paradigma al hablar de conocimiento y de la razón al expresar “cogito ergo sum” es decir, “Pienso, luego existo”. Él planteaba que de todo se podía dudar menos de la realidad imperante de su existencia en la cual él se percibía a sí mismo como la máquina de todos los pensamientos y de allí su teoría y su duda metodológica. Es sin embargo indiscutible el hecho de que el positivismo, a pesar de nutrirse de estas fuentes antiguas a él tiene su génesis en el filósofo mencionado líneas atrás y en el cual nos detendremos para ampliar nuestro conocimiento respecto a dicha escuela: Augusto Comte.
La base fundamental del planteamiento de Comte es el siguiente: afirmar que todo enunciado o proposición que no se corresponda al simple testimonio de un hecho, no encierra ningún sentido real e inteligible.
Comte plantea la idea de que el pensamiento transitó por tres estadios hasta llegar a la verdad clara y demostrada: el estadio mitológico o teológico en el que se pretende hacer depender los fenómenos naturales a una fuerza superior y extraordinaria. El estadio metafísico en el cual todo es explicado a partir de entidades abstractas. Y finalmente el estadio positivo en el que se explica la realidad mediante la observación y la experimentación.
Filosofía y gobierno son para el positivismo el componente principal y esto luego fue unificado por Augusto en una especie de religión en donde el objeto de culto es la misma humanidad. Esto trajo rechazo de parte de muchos de sus seguidores porque al parecer se contradecían las bases del positivismo original.
John Stuart Mill (1806-1873) seguidor de la corriente positivista establece cuatro fundamentos para averiguar los antecedentes de los fenómenos: la concordancia, la diferencia, los residuos y las variaciones concomitantes. Sin embargo, con todo, Mill llega a la conclusión que la observación y la experimentación, por profundas que sean no pueden conducirnos al conocimiento absoluto de los fenómenos, por lo que, concluye, debe partirse de un cierto relativismo cognoscitivo.
Dos visiones, dos escuelas, dos corrientes con un fin propuesto: descubrir la verdad del hombre, el origen de sus pensamientos y el sentido de su existencia. Para mí, ambas vertientes expresan una realidad profunda del hombre, sin embargo excluyen a propósito la realidad trascendental. Esto tiene sus complicaciones y es lo que como consecuencia ha resurgido en nuestros días a través de diversos nombres y que en nuestro país ha llegado fuertemente influenciado por la visión oriental de la filosofía en su cosmovisión: la denominada “new age” o “Nueva era” y todas las tendencias religiosas y teofánicas a las que el hombre de hoy se avoca en una búsqueda desesperada por darle sentido a su existencia puesto que a pesar de estas y otras grandes corrientes del pensamiento a lo largo de la historia han buscado darle paso a una conclusión plausible y ecuánime para todo el género humano, es sin embargo la prueba más fehaciente de que el ser humano es un ser profundamente espiritual.
Desde el punto de vista positivo, ambas teorías presentan al hombre como “figura y fondo” de lo que es tangible, inteligible, palpable. Es ser humano, se convierte en protagonista, aunque en una de estas escuelas el hombre es finalmente convertido en masa, en una pieza más para lograr los objetivos de la Historia. Es por ello que en comparación con el materialismo, el positivismo y sobre todo en la visión de Comte el ser humano adquiere una mayor significación y se asume el proceso de humanización como la fuerza que motiva la vida y los pueblos.





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